Voz Cultural

OFRENDA DE LA TIERRA

CAMINO DE LA MUERTE: LA CALENDA SAGRADA DEL MAIZ EN LAXCALA

POR: NOÉ XOCHITIOTZI RAMÍREZ

Cada 28 de octubre, el corazón de Tlaxcala vuelve a encontrarse con sus raíces. En el centro del estado, entre calles que guardan historias, entre campanas, recuerdos y aromas que anuncian la cercanía del Día de Muertos, se lleva a cabo una celebración que nos invita a mirar hacia atrás para comprender quiénes somos y de dónde venimos. Hoy, el maíz vuelve a caminar por las calles de Tlaxcala; no como un simple alimento, sino como memoria, como símbolo de vida, como herencia de nuestros pueblos y como elemento sagrado que durante siglos ha acompañado la existencia de quienes habitan estas tierras.

La tarde se transforma poco a poco… El sonido del teponaxtle anuncia que algo está por comenzar. Sus golpes profundos parecen despertar la memoria de los antiguos pueblos y llamar, desde el presente, a aquellos que ya no están. No es solamente música: es un llamado, una conversación con la tierra, con nuestros antepasados y con la naturaleza. A su alrededor comienza el recorrido, una verdadera calenda que avanza por las calles del centro de Tlaxcala llevando consigo la esencia de nuestras comunidades.

Desde Huamantla y Tepeyanco llegan los matachines, portadores de una tradición que se niega a desaparecer. Sus pasos, sus movimientos y sus danzas no son únicamente una manifestación festiva; son también una forma de recordar. Cada paso parece decirnos que la cultura permanece mientras haya alguien dispuesto a caminarla, bailarla y transmitirla. En sus danzas vive la voz de los abuelos, la alegría de los pueblos y esa manera tan nuestra de celebrar la vida incluso cuando la muerte se encuentra tan cerca.

Y entre música, danza y solemnidad aparecen las canastas cargadas de mazorcas. El maíz, ese fruto que ha alimentado generaciones enteras, hoy vuelve a ocupar el lugar que le corresponde: el centro de nuestra memoria. Las mazorcas son llevadas como ofrenda, como agradecimiento a la vida y a la naturaleza. En cada una de ellas parece estar guardada la historia de una familia, de una milpa, de una cosecha, de unas manos campesinas que sembraron la semilla y esperaron pacientemente a que la tierra hiciera su trabajo.

Porque hablar del maíz en Tlaxcala es hablar de nosotros mismos. Es recordar que antes de que existieran las grandes ciudades, las carreteras y las construcciones que hoy conocemos, ya estaban los campos, la tierra y las semillas. Ya estaban las manos de
nuestros antepasados depositando en el suelo aquello que algún día habría de convertirse en alimento. El maíz ha acompañado nuestros nacimientos, nuestras fiestas, nuestras reuniones familiares y también nuestras despedidas. Ha estado presente en la mesa y en el altar; en la celebración y en el duelo; en la vida cotidiana y en los momentos sagrados.

Por eso, esta celebración adquiere un significado especial al realizarse en los días en que Tlaxcala comienza a prepararse para recibir a sus muertos. El Día de Muertos representa una de las expresiones más profundas de nuestra memoria. Durante estos días, la frontera entre quienes permanecen y quienes partieron parece hacerse más pequeña. Las familias recuerdan a sus seres queridos, colocan fotografías, flores, veladoras y alimentos; preparan aquello que alguna vez disfrutaron quienes ya no están y, de alguna manera, vuelven a sentarlos a la mesa. La muerte deja entonces de ser únicamente ausencia y se convierte también
en encuentro, en memoria y en continuidad.

Esa es precisamente la dualidad que hoy se hace presente. Vida y muerte. Tierra y semilla. Siembra y cosecha. Presencia y ausencia. Pasado y presente. El maíz nace de la tierra, pero antes de convertirse en alimento fue semilla; y después de alimentar al ser humano vuelve nuevamente a la tierra para continuar el ciclo. De la misma manera, nuestras tradiciones nos recuerdan que la vida no puede comprenderse sin la muerte y que la muerte tampoco puede entenderse sin la memoria de quienes permanecen vivos.

Hoy las mazorcas que recorren las calles parecen representar ese ciclo. Son fruto de una vida que comenzó mucho antes, pero también son promesa de una vida que continuará. Son pasado y futuro al mismo tiempo. En medio de esta calenda, el sonido del teponaxtle acompaña los pasos de los matachines y de
quienes se han unido al recorrido. Por momentos, la celebración adquiere un carácter profundamente ceremonial. Las calles dejan de ser solamente espacios de tránsito y se convierten en un escenario ritual. La ciudad contemporánea se encuentra entonces con la memoria antigua.

Lo cotidiano se transforma en sagrado. Y quizá ahí reside la verdadera importancia de este encuentro: en recordarnos que nuestras tradiciones no son piezas de museo ni recuerdos congelados en el tiempo. Son prácticas vivas. Respiran cuando un niño observa a los matachines, cuando una familia lleva una mazorca,
cuando alguien escucha el teponaxtle y pregunta qué significa, cuando un abuelo cuenta cómo se sembraba antes, cuando una comunidad se reúne para agradecer a la tierra.

Hoy, Tlaxcala recuerda.
Recuerda a quienes sembraron antes que nosotros. Recuerda a quienes hicieron de la tierra su sustento. Recuerda a quienes nos enseñaron que el maíz no solamente se come, sino que también se respeta. Recuerda que la naturaleza no es solamente un recurso, sino una parte fundamental de nuestra existencia.

Y mientras se acerca el Día de Muertos, también recordamos a quienes se fueron dejando en nosotros una palabra, una enseñanza, una canción, una fotografía, una receta, una costumbre o simplemente una historia que alguien todavía cuenta. Porque mientras alguien recuerda, nadie desaparece por completo. Este encuentro ha sido posible gracias al apoyo del Museo de la Memoria y del Gobierno del Estado de Tlaxcala, instituciones que han permitido que este espacio de encuentro con nuestras raíces pueda hacerse realidad. De manera especial, esta celebración ha sido liderada por el maestro Jaime Castro Ramírez, cuya iniciativa y compromiso con la preservación de las tradiciones han permitido reunir en un mismo espacio la danza, la música, la memoria, el maíz y la espiritualidad de nuestros pueblos.

Hoy no solamente se realiza un recorrido. Hoy se camina para recordar. Se danza para agradecer. Se toca el teponaxtle para llamar a la memoria. Se llevan mazorcas para ofrendar a la vida y a la naturaleza. Y se celebra la muerte porque, paradójicamente, hablar de la muerte también es hablar de todo aquello que nos enseñó a vivir. En este 28 de octubre, mientras los primeros aromas de las ofrendas comienzan a llenar el
ambiente y las calles de Tlaxcala se preparan para recibir a quienes regresan simbólicamente a través de la memoria, esta calenda nos recuerda que somos herederos de una historia profunda, de una cultura que nació de la tierra y que continúa viva en nuestras manos.

Quizá dentro de muchos años, cuando quienes hoy participan ya no estén, alguien vuelva a caminar estas mismas calles llevando una mazorca, escuchando el sonido del teponaxtle y siguiendo los pasos de los matachines. Quizá entonces también alguien recuerde que un 28 de octubre, en el corazón de Tlaxcala, hubo una comunidad que decidió detenerse un momento para mirar hacia sus raíces y agradecer por la vida.

Porque el maíz permanece.
La tierra permanece.
La memoria permanece.

Y mientras nuestros pueblos sigan bailando, sembrando, ofrendando y recordando, también permanecerá viva la voz de nuestros antepasados.

Hoy, Tlaxcala no solamente celebra.
Hoy, Tlaxcala recuerda que la vida y la muerte son parte de un mismo ciclo, y que en cada semilla, en cada mazorca, en cada danza y en cada recuerdo, nuestros muertos siguen caminando
junto a nosotros.

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