¡Súbale, hay lugares!
Yazmín Zárate Hernández
A mediodía, cuando el sol cae sobre el asfalto sin pedir permiso, la combi ya está lista: recién trapeada, con ese olor a limpieza que se impone apenas al trajín cotidiano. Los asientos de vinil rojo, adornados con leones que custodian el camino, esperan pacientes. San Judas Tadeo está ahí adelante, como copiloto mudo que observa. No habla, pero está ahí. Siempre está ahí.

En la base de San Luis Teolocholco, más allá del puente amarillo de la entrada principal, el conductor lanza el grito que abre la escena:
—Súbele, súbele, hay lugares…
Los pasajeros suben con esa prisa contenida de quien ya conoce el ritmo: elegir asiento o un buen agarre para cuando el enfrenón sorprenda. Al principio son pocos, cuatro pasajeros que cargan más que mochilas o bolsos. Hablan del trabajo, de los retos y compromisos, de jornadas interminables, de ese cansancio que no siempre se nota, pero que pesa.

La combi va avanzando y se va llenando de historias. Suben otros tres hombres, con mochilas al hombro y manos curtidas. No son estudiantes. Son albañiles. Su charla huele a polvo de obra: dicen que el día estuvo tranquilo, que el concreto salió bien puesto, que ojalá no llueva. En sus palabras se nota una mezcla de alivio y esperanza; vuelven a casa con el cuerpo cansado, pero satisfechos de haber cumplido, llevan el sustento a sus familias.
Suben en Tepeyanco cuatro mujeres con bolsas y canastos. Las espera el mercado del sábado en la capital de Tlaxcala. Platican del precio del jitomate como si fuera un antiguo conocido que últimamente se había encarecido: cincuenta pesos, decían, y hacían cuentas en voz alta. Buscan el mejor precio, el más justo, aquel que les alcance para preparar los platillos de la temporada que se acerca: la torta de haba con nopales, el pescado en caldillo, el pico de gallo… sabores que también cuentan historias.
Cada grupo trae su mundo: sus preocupaciones, sus risas cortas, sus largos silencios. No obstante, todos coinciden en ese diminuto universo sobre ruedas. La combi los junta por algunos minutos, los revuelve, los hace parte de un solo trayecto. Por entre baches, frenos y conversaciones cruzadas viaja también la fe: discreta, constante. Allí sigue San Judas Tadeo, testigo de lo que no se cuenta.

Me dispongo a sacar mis monedas; el viaje está a punto de culminar en la parada de artesanías en el Boulevard Mariano Sánchez. Es el final del recorrido en la capital de Tlaxcala; cada uno baja con prisa o con calma, según le dicte el día.
Yo también bajo. Solo volteo antes de irme, me despido en silencio y, como muchos, le pido a San Judas Tadeo que me acompañe un poco más allá de la combi.
El viaje, de hecho, apenas empieza…

