¡VAAAAMONOS! A VIAJAR POR APIZACO
*El tren de la memoria de la ciudad rielera, hizo escala en el Colegio de Bachilleres 08 de Ixtacuixtla.
Por: MIGM/Tlaxcala Cultural
La mañana avanzaba entre páginas, recuerdos y el eco imaginario de un tren que, aunque ya no atraviesa la vida cotidiana con la fuerza de otros tiempos, sigue viajando en la memoria de Apizaco. En el auditorio del Colegio de Bachilleres (Cobat) Plantel 08 de Ixtacuixtla, estudiantes de bachillerato se convirtieron en pasajeros de un recorrido literario durante la presentación del libro “Memorias de una ciudad centenaria. Apizaco 1921-2021”, una obra colectiva que revive anécdotas, personajes y pasajes entrañables de la ciudad rielera.
El viaje comenzó con un boleto simbólico en mano y la voz entusiasta de Olimpia Guevara Hernández, compiladora de la obra, quien transformó la presentación en una estación ferroviaria de recuerdos. Bastó el grito de “¡Vaaaamonos!” y el sonido del silbato de la locomotora para que los asistentes abordaran, desde la imaginación, los vagones de la historia apizaquense.
Uno a uno, escritores y escritoras compartieron fragmentos de vida que arrancaron sonrisas, nostalgia y asombro entre los jóvenes. Enrique Arellano Bravo, cronista religioso de Apizaco, recordó que la ciudad nació al ritmo de las vías férreas en 1866. “Apizaco tiene 160 años, es la ciudad más joven de Tlaxcala”, dijo con orgullo, mientras describía su crecimiento económico, sus hoteles, bares y el dinamismo que la convirtió en una de las ciudades más importantes del estado.
La siguiente parada llegó con la voz cálida de Olimpia Guevara, quien evocó los bailes de antaño, cuando las jóvenes lucían sus mejores vestidos y joyas para asistir a las fiestas. Entre risas, relató la historia de cuatro muchachas disfrazadas de calaveras que, guardando silencio para no ser reconocidas, terminaron confundiendo a sus propios novios durante un concurso de disfraces. La anécdota provocó carcajadas en el auditorio y dejó claro que la memoria también se construye desde lo cotidiano y lo divertido.
Después, María Magdalena Romero López abrió otra ventana al pasado. Con emoción, recordó su infancia en la calle Independencia —hoy bulevar Emilio Sánchez Piedras—, donde los niños esperaban la llegada del tren entre vendedores de café, atole y gorditas. Pero entre aquellos recuerdos felices también apareció la imagen de los soldados ocupando las estaciones ferroviarias durante la huelga ferrocarrilera en la Ciudad de México, un episodio que quedó grabado en la memoria de la entonces pequeña apizaquense.
La nostalgia continuó con María Teresa Meneses Salado, quien habló de los fríos amaneceres de Apizaco y de aquellos encuentros casuales frente a la zapatería La Barata. En sus palabras reaparecieron los seis teatros que alguna vez dieron vida cultural a la ciudad y que hoy existen solamente en el recuerdo de quienes los conocieron.
El viaje literario volvió a tomar velocidad cuando Enrique Arellano compartió la historia de la visita de Cantinflas a Apizaco, en 1957. Narró cómo el célebre actor contribuyó económicamente para concluir las torres de la Basílica de la Virgen de la Misericordia. “Cuando las vean, recuerden que Cantinflas ayudó a levantarlas”, dijo ante los estudiantes, a quienes también animó a escribir sus propias historias y leyendas.
Más adelante, la poeta Irma Carolina Romero Romero invitó a los jóvenes a cerrar los ojos para escuchar un poema dedicado a Apizaco, con el cual obtuvo el triunfo en un concurso de poesía celebrado en esta ciudad:
-Apizaco, ciudad de agua delgada,
He venido a ofrecerte mis cantares,
A postrarme ante tu Virgen venerada,
Para contarle mis penas y pesares…
Mientras el silencio del auditorio contrastaba con el bullicio imaginario del tren que seguía avanzando estación tras estación.
Entre los pasajeros de este recorrido también estuvieron Guadalupe Hernández Cabrera, conocida como “la Niña perdida de la Malinche”, y Jorge Antonio Vargas Rosano, el “Paparazzi” de Apizaco, cronista gráfico empeñado en rescatar fotografías, placas y rincones que forman parte de la identidad de la ciudad.
Así, entre relatos, risas, poemas y memorias, los estudiantes descubrieron que la historia no siempre habita en los libros solemnes o en las fechas oficiales. A veces viaja en un silbato de tren, en una máscara de calavera, en una fotografía antigua o en la voz emocionada de quienes todavía recuerdan cómo era Apizaco cuando el ferrocarril marcaba el ritmo de la vida.
Finalmente, invitaron a los estudiantes a adquirir esta obra y leer cada uno de sus artículos completos, donde se mencionó que precisamente su director, Fernando Martínez, participó también en este libro con un recorrido por la lista de 7 gobernadores de Tlaxcala, que precisamente son originarios de la ciudad rielera.

