94 AÑOS DE MEMORIA, FORTALEZA Y AMOR
EL SECRETO DE VITALIDAD, UNA ACTITUD POSITIVA Y BAILAR DANZÓN: ERNESTINA SÁNCHEZ HERNÁNDEZ
POR: YAZMÍN ZÁRATE HERNÁNDEZ*

En una casa llena de fotografías familiares, recuerdos de generaciones, Ernestina Sánchez Hernández recibe con una sonrisa serena. Nació en 1932 en Apizaco, ciudad rielera, y es la historia de los cambios sociales de su entorno durante casi un siglo. Madre de diez hijos, y eslabón de cuatro generaciones, es, ante todo, una mujer que «lo dio todo por su familia».

Ernestina Sánchez Hernández es parte de una generación de mujeres que forjaron familia y comunidad con trabajo, perseverancia y amor absoluto. Se crió en una familia grande —eran diez hermanos— y muy reconocida en la ciudad, donde sus padres tenían una tienda que surtía a los lugareños y personas de la región. Aquel negocio familiar no solo representó un medio de vida, sino también un punto de encuentro comunitario que definió su infancia.
Al casarse muy joven, a los 18 años, matrimonio que la llevó a tener 10 hijos. La vida no fue fácil: a los 40 años se enfrentó a un divorcio que la obligó a reinventarse como mujer y como madre, haciéndose más fuerte e independiente. Hoy, décadas después, observa su pasado con tranquilidad y orgullo, sabiendo que su mayor obra es la familia que edificó.

A sus 94 años, Ernestina es una mujer sana y activa. Cuida mucho su alimentación —prefiere el pescado a la carne roja y le encanta la gelatina de postre— y tiene una actitud optimista ante la vida. Cada semana baila danzón en Tlaxcala capital y Chiautempan.

Para celebrar sus 94 años de vida, Ernestina Sánchez se reunió con sus tres generaciones: hijos, nietos, bisnietos, tataranietos y amigos que disfrutaron del tradicional mole y una taquiza a la mexicana y, por supuesto, la fiesta estuvo acompañada del ritmo de los danzones: “Nereidas”, «Mocambo», «Zacatlán», «La Negra».
—Doña Ernestina, ¿Cómo recuerda su infancia?
Nuestros padres nos amaron, éramos diez hermanos y mi familia era muy respetada en Apizaco. Mis padres tenían una tienda que abastecía a los vecinos y personas de la región. Siempre había actividad, gente entrando y saliendo. Aprendimos a trabajar desde pequeños.
—¿Cómo fue su vida al casarse tan joven?

Me casé a los 18. Era lo normal en aquel entonces. Tuve diez hijos y me consagré a ellos. Ser mamá era lo más importante. Luego, a los 40, me divorcié. Fue complicado, pero también fue una etapa de aprendizaje y fortaleza. Para sacar adelante a mis hijos, tuve que empezar a coser ropa sobre medida, y a veces trabajaba en algunas casas haciendo limpieza, ayudando, en lo que fuera, con lo que les di estudios y terminé de pagar mi casa.
—¿Qué ha significado su familia para usted?
Todo. Mis hijos son mi orgullo. La mayor tiene 75 años y el menor 56. Tengo nietos, bisnietos y tres tataranietos. Ya están grandes, pero igual me preocupo. Una madre nunca deja de ser madre.
—A sus 94 años se le ve muy bien. ¿Cuál es su secreto?

Vivo en paz. Como pescado y evito las carnes rojas. De postre, la gelatina. También estar activa y positiva ayuda. Me gusta bailar danzón, gané un premio en una demostración. Tengo muchos amigos que los veo cada semana en el baile.
—Ha visto la ciudad transformarse durante décadas. ¿Qué opina de esos cambios?

Se ha transformado. Todo está actualizado, los tiempos cambian. Antes era más relajado. Ahora hay crisis, otras preocupaciones. Pero la vida es así, todo se transforma.
—¿Se ha modernizado?
Sí, claro. Uso el celular, el teléfono fijo ya lo di de baja. Les escribo buenos días a mis amigos, a mis hijos. Me gusta estar en contacto con ellos.
—¿Qué desea para el futuro?
Yo quiero llegar a los 100 años, si Dios quiere.
—¿Cómo quiere que la recuerden?
Como una madre que todo lo dio por sus hijos. Eso es lo que me importa.

