Tertulia Literaria

DOMINGO DE PASCUA

Todos te quieren decir lo que sucede después de muerto. Nadie te dice lo que sucede justo antes de morir… o en el instante mismo en que te dan por muerto. Me llamo Pablo. Estoy en este ataúd desde hace tres horas, o tres días y tres horas; ¿quién puede saber? Me han dejado mi reloj de pulsera y, por alguna broma de mal gusto que aún no comprendo, una estampita de la Virgen de Chiquinquirá.

No es un ataúd convencional. Es una caja de madera sin lijar. Hace frío y oigo el silbido del viento; pero sudo con tal ardor que daría igual si fuera un día soleado. Haces de luz se cuelan por las comisuras de los cierres. Tienen el destello de la plata y la longitud de un estilete. Los destellos se interrumpen cada seis o más centímetros, al chocar contra los clavos de acero. Hay un patrón ciertamente regular en todo esto; pero no puedo levantar la tapa simplemente, por lo estrecho del habitáculo, que impide flexionar las piernas o empujar, con el apalancamiento suficiente del codo o los brazos. Pero los destellos y el imperfecto silencio dicen algo: – Es de noche, estoy en el campo y no han cubierto de tierra este cofre. Será cuestión de tiempo, asumo. Si permanezco inmóvil hasta la madrugada, me enterrarán vivo.

Pruebo a balancearme, a falta de recursos. Me deslizo un poco y comprendo que me han abandonado en una fosa poco común o un cementerio. Soy bastante grande, de 1,90 metros de estatura y cerca de 100 kilos de peso. Sacudo este cuerpo con más determinación que furia y, al cabo de diez enviones, se desliza arrastrándome cabeza abajo varios metros, hasta golpear con algo duro, que quizás será una roca anclada en la ladera de esta colina.

Una voz de barítono cansado grita algo desde lejos. El ataúd resquebrajado ya permite respirar hasta que alguien llegue a rescatarme. O eso creo.

Se abrió un pequeño hueco por la parte de la cabeza donde iría una corona. No me queda más remedio que intentar romper la madera en su punto más frágil, a punta de cabezazos. Me hago una herida en mitad de la frente. Esta súbita humedad me dice que hilos de sangre serpentean por mi rostro. Una cara ensangrentada es poca cosa comparada con esperar acá inmóvil hasta el alba. La madera cede y con un giro de mis hombros anchos trato de empujarla.

A lo lejos oigo murmullos de gente, que aumentan con mi esperanza. De lo que creo es el sur me llega un céfiro cálido y adivino que puede tratarse de una fogata. Continúo girando y forcejeando hasta herir mi clavícula, pero es la hora de empujar para ser rescatado. La madera cede más y unos pasos se aproximan.

-Estoy salvado, pienso.

Acelero los golpes, mientras gruño de dolor. La línea de sangre gotea pasando la barba espesa y las orejas. Me encuentro otra vez a punto para un frentazo final, con el que empujo una tabla, justo lo suficiente para liberar una mano. Corro con dificultad la tabla desvencijada, gritando a todo pulmón con una rabia coloreada de optimismo.

La luna llena brilla en su punto más alto. Al fondo veo cuerpos que arden en hogueras improvisadas. Frente a mí un sacerdote con atuendos ceremoniales traza la señal de la cruz con algo que parece una varita mágica. Con ese instrumento salpica mi cara. El agua fría me saca del trance en que me encuentro. Lo miro con anhelo, pero él me escupe horrorizado y exclama:

– ¡Otro, ha despertado otro!

No alcanzo a presentarme, ni a pedir auxilio, ni a ver quién se acerca por detrás, cuando, de un tajo, la hoja del machete atraviesa mi cuello.

 

*Duvan Reynerio Ocampo. Escritor y diplomático colombiano. Ganador de numerosos premios literarios. Autor de los libros de poemas: «La mujer de los senos tuertos» (2 Premio en el Concurso Internacional de Poesía de la Universidad de Deusto, España, 2000); «Fairy tale» (Avant Editorial, España, 2020); y «Hagiografía de los bares del sur» (Grupo Editorial Tegra, España, 2021).

IG: @duvan.reynerio.ocampo

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